Con el estudio, la observación y la investigación y, por supuesto, el aumento de la conciencia, fui entendiendo que en mi país existe un radical racismo hacia cualquiera que no sea “blanco o medio blanco”. Es más, la relación con ancestros europeos o gringos blancos ha sido signo de estar “un peldaño” más arriba (¿?) que el resto de los panameños. No sólo eso, leyendo a Fanon y a Freire, entendí que muchas veces llevamos dentro al “opresor” y nos ponemos “máscaras blancas” encima de nuestra piel, con lo cual el racismo es más profundo que la mera discriminación.
Un dato: en un estudio que se hizo en Panamá sobre el genotipo (qué sangre tenemos) del panameño, resultó que un tercio de los panameños tenemos sangre indígena, un tercio sangre negra y un tercio sangre blanca. Más “mezclados” no podemos estar. ¿De dónde surge entonces el racismo? Del miedo al otro distinto, con costumbres, modos, actitudes, formas diferentes que nos retan. ¿Cómo superar esto?
Volvemos a lo mismo de siempre: la educación. El sistema educativo imita lo gringo, ese es el espejo en el que nos vemos. Y, aunque la sociedad de EEUU es una gran mezcla de etnias y nacionalidades, nos han hecho creer que ellos son blancos y por eso son “superiores” (si no, escuchemos cómo su presidente nos trata de “países basura”). ¿Cuándo vamos a volver la mirada hacia nuestros ancestros indígenas y africanos? ¿Cuándo vamos a reflexionar y aprender de los siglos de experiencias que tienen? En este mes de la etnia negra tenemos esa deuda, más allá de las trenzas y del baile congo o de la comida (perdón, gastronomía se dice ahora).