En parte es cierto, la tecnología nos diferencia tanto que casi parecemos hechos de otra clase de esqueletos y corazones. Por eso dicen que los jóvenes vienen hoy con un chip incorporado que los hace diferentes. ¿Será cierto eso? ¿Por qué nos va a hacer muy diferentes gozar leyendo un libro y desarrollar la imaginación o bien gozar viendo una película que, aunque no deja desarrollar mucho la “loca de la casa” que diría Juana Inés de la Cruz, sí la ayuda?
Ya no nos llaman “viejos”, ahora nos dicen “adultos mayores” y dentro de unos años, ¿cómo nos dirán? ¿”Sobrevivientes a Trump”? Viejo es sinónimo de acumulación de experiencias y eso no es malo. Buenas o malas, las experiencias pueden enseñar. Por tanto, los viejos podemos compartir lo que nos ha sucedido en la vida y enseñar. Pero ¿será que nos quieren escuchar? Una vez propuse, en una escuela de la Comarca Ngäbe que invitaran a un abuelo y a una abuela para que enseñaran cómo hacer sombreros y chácaras (sabiduría acumulada). Todos estuvieron de acuerdo… pero no se hizo.
¡Hay tanta sabiduría dispersa en los campos! Conozco a un anciano (85 años) ngäbe que es un pozo profundo de conocimientos de salud; lleva 50 años ayudando a su gente con plantas medicinales y… sólo llegó a tercer grado de primaria. Así como él, habemos miles de ancianos que somos las raíces de los jóvenes de hoy. El Papa Francisco levantó su voz muchas veces contra “el descarte de los ancianos” hecho por esta sociedad, porque “ya no aportamos”, aunque tenemos una sabiduría que la juventud por sí sola no puede alcanzar (cfr Frattelli tutti, 19).
“Nunca se avanza sin memoria, no se evoluciona sin una memoria íntegra y luminosa” (FT, 249). Los “viejos” podemos dar nuestro aporte “luminoso” desde nuestra experiencia para que los jóvenes puedan construir y defender una Casa Común solidaria, fraterna, sororal, justa, amorosa. Ese tiene que ser nuestro legado, más allá de nuestra ignorancia tecnológica. ¿Se toma esto en cuenta en las escuelas?